Evolución o eliminación: Sobre la función conservadora

Hay una profunda vocación en defensa de “lo natural”, de valores y figuras del pasado, como es lógico, por parte de los movimientos conservadores de las últimas décadas. Reside allí algo denso, difícil de digerir y entender: ¿Cómo, en una sociedad que ha logrado la artificialidad hasta en las relaciones interpersonales, pueden haber quienes aún intenten atar la esencia humana a valores de antaño y cualidades biológicas que ya han sido pervertidas?

¿Alguien imagina el absurdo planteo de que las ciudades son entidades antinaturales, entonces deben ser desestimadas y eliminadas? Por el contrario, la humanidad se ha encargado de que, a pesar de los embates de la naturaleza y las guerras, fluyan reformulaciones desde la creatividad y lo artificial: La búsqueda de soluciones no convencionales, las fuerzas incontrolables del progreso han sido sus mejores aliados, y las ciudades no paran de crecer.

La idea de que existe un conjunto de instituciones y mecanismos sociales que, indemnes a la artificialidad, garanticen el bienestar es, en mi opinión, totalmente absurda, opera como una restricción al avance de nuestra sociedad, y sólo puede sostenerse en un régimen autoritario mediante una figura que resulte garante de los “valores naturales”.

“[Los conservadores] jamás, cuando avizoran el futuro, piensan que puede haber fuerzas desconocidas que espontáneamente arreglen las cosas; mentalidad ésta en abierta contraposición con la filosofía de los liberales, quienes, sin complejos ni recelos, aceptan la libre evolución aún ignorando a veces hasta dónde puede llevarles el proceso (…) Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna ‘autoridad’ que vele por los cambios y las mutaciones se lleven a cabo ‘ordenadamente’.”

Friedrich von Hayek en “The Constitution of Liberty”

En un mundo donde cada vez parece quedar menos por inventar, y donde nuestra cultura parece un conjunto de permutaciones del pasado, bien podríamos pensar que la capacidad de imaginar un futuro utópico tiene un valor inestimable. He allí un enorme daño causado por el comunismo: Utópico en su génesis, fue absorbido por formas preexistentes para validar un régimen conservador e irónicamente antirrevolucionario.

En menos de 80 años, el único programa que disputó la hegemonía del capitalismo feneció mostrando una imagen arcaica y grotesca de sí mismo, habiendo “purgado” los elementos críticos y rupturistas, mientras el liberalismo copaba el imaginario del futuro trayéndolo al presente. Ya sin nada que lo amenace discursiva ni materialmente, el sistema crea sus propios hombres de paja para reafirmar su
rumbo en lugar de corregir las fallas que son objeto de críticas desde la posguerra (y que fueron oportunamente neutralizadas al relacionarlas con el imaginario comunista, en la Guerra Fría).

Acá aparece la encrucijada de esta era: las mayores contradicciones del capitalismo son fruto de lo que prometía y hoy no puede cumplir, y no tiene a quién echarle la culpa, por más que la busque en la corrupción, el narcotráfico, el fundamentalismo islámico o cualquier otra herida autoinflingida de la modernidad; Todos los intentos por combatirlos han tenido el efecto inverso, ¿paradójicamente?: Berlusconi llegó al poder luego de una campaña signada por la deslegitimación de la clase política italiana envuelta en escándalos de corrupción. La guerra contra el narcotráfico en México nos deja una epidemia de consumo de opiáceos en EEUU y un sembradío de muertes violentas. Más de 10 años de invasión en Medio Oriente generaron al Estado Islámico, con responsabilidades simétricamente repartidas entre Bush y Obama.

Entonces la posibilidad de aferrarse a algo que ofrezca una solución mágica resulta por demás atractiva en tiempos de crisis, la urgencia es una fiel compañera del autoritarismo, y éste necesita justificarse siempre en la persecución de un Otro que subvierte el orden.

Una vez que se empiezan a tomar medidas contra los agentes subversivos, deja de ser importante analizar el éxito de las soluciones propuestas. Los conservadores en Argentina aman debatir si fueron 30000 u 8000 los desaparecidos del Proceso, si los testimonios de las víctimas de la represión resultan creíbles, si las acciones de los grupos terroristas de izquierda fueron laxamente criticadas o pasadas por alto, o si los nietos recuperados son en realidad una operación de distracción; siendo irrelevante el por qué del estado de excepción y su validez jurídico, u si esa lucha contra el terorismo tuvo algún tipo de efecto positivo en términos socioeconómicos; pero, sobre todo, evadiendo todo cuestionamiento moral de esos actos al dar por sentado que nunca existieron.

¿No explica ésto el constante ataque ontológico a todo lo que se busca combatir? No fueron 30000, nadie pasó por Auschwitz, Palestina/Israel nunca existió, la transexualidad no es otra cosa que una enfermedad, etc.

Entonces, volviendo a la idea central: ¿Es ideal intentar mantener características “naturales” que no solucionan los problemas que resultan de un cambio radical del entorno? El conservadurismo parece más la reacción de una entidad estancada, como lo fue en el régimen soviético. El futuro está formandose en condiciones peligrosas. El sistema no ofrece ninguna garantía de éxito y corre paulatinamente los límites morales que son eje de la democracia liberal. Lo que comenzó con una legitimación del gobierno de Pinochet debido al crecimiento económico de Chile, fue sucedido por una glorificación de Singapur o Corea del Sur, a menudo citados como ejemplos a seguir en países emergentes; y ésto mismo puede terminar en una obvia y celebrada integración de China al capitalismo, de la forma más pragmática e inhumana que se conozca.

Si todo lo natural en realidad es una impostura, lo único verdadero que pueden ofrecer los conservadores es la autoridad que defenderá al sistema. De ahí que se denominen “liberales conservadores”, lo que parece un oxímoron es la manifestación explícita de que pueden pervertir la moral liberal y adquirir conductas autoritarias de ser necesario, para proteger el capitalismo. La construcción de un “sustituto práctico” del que hablaba Hitler es el núcleo de éste razonamiento, una contraideología que justifique la escalada de violencia retórica y física.

Antecedida por una degradación discursiva de los “enemigos del sistema”, la justificación biologicista que ve en las disidencias un agente patógeno enmascara perfectamente el discurso autoritario, impersonalizando la depuración necesaria de las expresiones que confronten el status quo.

“En 1940, cuando Petain se convirtió en el máximo dirigente de Francia, explicó la derrota francesa como resultado de un largo proceso de degeneración del Estado francés causado por la influencia judío-liberal; de modo que, de acuerdo con Petain, la derrota francesa era una bendición disfrazada, un recordatorio doloroso de la propia debilidad y, por lo tanto, una oportunidad de recuperar la fuerza francesa a partir de una base sana. ¿No podemos encontrar el mismo argumento en buena parte de la crítica conservadora a la sociedad occidental permisiva y consumista?”

Slavoj Zizek en Welcome to the Desert of the Real

Casi 80 años después, un presidente recientemente asumido lo hace con ésta afirmación a sus espaldas:

“Dios encima de todo. No quiero esa historia de estado laico. El estado es cristiano y la minoría que esté en contra, que se mude. Las minorías deben inclinarse ante las mayorías.”

¿Quién va asegurarse de que se inclinen? Bueno, se van a extingir, ya sabés, es natural.

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