La idea de una “guerra de ideas” es peligrosamente antiliberal

Por Sofía Vázquez y Aaron Marco Arias

Pasaron 100 años ya de Verdún. Hoy, sobre los límites de la razón, en las fronteras del absurdo, ha sido construido otro campo de batalla, virtual, artificial. Allí transcurre un combate que aparenta no tener grandes consecuencias, ser moralmente despreciable y físicamente inocuo. Lo que lo dirime es poco claro, y las estrategias usadas revelan tímidamente intenciones perversas, aunque nadie repare en el resultado que éstos medios están justificando.

Principalmente en internet, aunque también en la televisión y en los ámbitos “reales” un ejército de YouTubers, Tuiteros, panelistas y opinadores varios cultivan la idea de que es prioritario derrotar a la persona con la que se discute, mediante argumentos, por supuesto, dado que el uso de la descalificación o enunciados erróneos deslegitiman completamente. Una vez terminada la lucha, el vencedor hará uso de palabras como “derrotado” o “humillado” para con su oponente. Allí lo despoja de toda cualidad ontológica: no es la idea la que resulta eliminada, sino quien la enuncia; una vez degradado el sujeto no hay quién prosiga discusión alguna ni sostenga una postura disidente.

Este “clima hostil”, para ponerlo en una simplificación, es sustentado por polarizaciones. No es casual que gran parte de la derecha se esté nutriendo discursivamente de la idea de un otro amenazante, cuyos reclamos son parte de una estrategia aparatosa para destruír todo lo que uno ama. La humillación, entonces, puede ser justificada, no como una bajeza que impide una discusión constructiva, sino como un ajusticiamiento. Si pretenden “meterse con tus hijos”, vale todo. 

¿En qué termina la supresión dialéctica de los interlocutores? El límite puede ser corrido infinitas veces, hasta la violencia, y ya nadie prestará atención a los argumentos (si es que realmente lo son), dado que, en realidad, nunca se estuvo en una discusión sino en una batalla, como evidencia el campo semántico que reina actualmente en el debate público.

La degradación además tiene el potencial disuasivo, donde la vergüenza puede inhibir la capacidad comunicativa de las personas que quieran incorporarse o que hayan sido “vencidas”.

Un clásico ejemplo de ésta dinámica puede encontrarse en la descalificación que suele hacerse a las ideas de izquierda o filocomunistas debido a que quienes las profesan consumen bienes y servicios, suntuarios o no, que son fruto de una economía capitalista (sobre el carácter reaccionario de la estigmatización de los anticapitalistas con Starbucks y iPhone hizo un interesante desarrollo en su ensayo “Deseo Postcapitalista”, el teórico Mark Fisher, a quien recomendamos leer).

El contraargumento típico ante éste planteo suele decir que no es posible que exista algo por fuera del sistema, y que termina siendo una falacia ad hominem. Puede proponerse un abordaje distinto: ¿Sería más válido un sistema como el comunismo, si sus defensores proviniesen de una granja en la estepa soviética? Por otra parte, resulta curioso el enunciado “si no les gusta, váyanse a Cuba o Venezuela”, pensando que algo similar debieron escuchar los detractores del comunismo (los más afortunados, condenados al exilio).

La necesidad de vencer sólo nos separa de la razón genuina, estimulando la idea de que se debe ganar una discusión a cualquier costo, partiendo del preconcepto de que nuestras posturas son indudablemente superiores, lógica y moralmente.
Y de allí abrevan las “nuevas” corrientes ideológicas, constituídas por viejas ideas y jóvenes militantes, cuyas lecturas con seguridad excedan su capacidad de análisis.

Haciendo uso intensivo de éstos métodos (retórica de combate, para darle un nombre) logran gravitar fuertemente en la escena pública distorsionando aún más los conceptos de verdad, razón y lógica, que fetichizan. Ben Shapiro y su versión criolla y en borrador, Agustín Laje, pasan sus días, no teniendo discusiones álgidas o siquiera “cerrándole el culo” a sus oponentes, sino “destruyéndolos con razón y lógica”, “reventándolos”, “aniquilándolos”, etcétera.

La derecha no está sola en esto. Progres, zurdos, fachos y liberales se miden por igual en “la batalla cultural” (Kulturkampf?) precisamente alrededor de tópicos con respecto a los cuales resulta grosero pensar que 280 caracteres puedan contener algún tipo de verdad irrefutable. Internet y las herramientas que nos provee para aparantar conocimientos, hacen que se introduzcan en ciertas conversaciones quienes no han puesto el tiempo y labor intelectual en lograr conocimientos objetivos con respecto a temas complejos, pero pueden articular su ignorancia en una parodia de academicismo. En ciertas ocasiones, estas parodias alcanzan el mainstream literario.

Y es que, en una búsqueda constante de argumentos que en realidad suenan más a meros justificativos, no tienen reparos en cruzar barreras éticas e incluso legales para conseguirlos. Ésto es un testimonio de la falta de responsabilidad cívica de nuestra generación, que olvida la necesidad y el valor de los errores, defendiendo ideas obstinadamente mediante razonamientos sesgados y sobre conocimientos limitados.

Esta manera de abordar el discurso (con pocos recursos, sin ánimo de intercambio sino de “aniquilación”, “destrucción”, y etcéteras) inevitablemente le abrirá paso al uso de la fuerza como método para lidiar con la oposición. En Estados Unidos, ya ha comenzado a suceder, con el surgimiento de pandillas criptonazis como los Proud boys, que hacen parte de su ethos el ataque físico a antifascistas.

El precio a pagar por el uso de la doctrina bélica en el debate público puede ser la libertad misma. Y, como la historia ha pretendido enseñarnos una y otra vez, la violencia enfocada pronto deja de serlo. Los criterios que determinan si alguien merece ser violentado son planteados demasiado vagamente, o se amplian a drede, con la aseveración de la violencia. Básicamente, como en Verdún, los cuerpos que queden en las trincheras serán de todos.

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