“The battle for the mind of North America will be fought in the video arena — the videodrome. The television screen is the retina of the mind’s eye. Therefore the television screen is part of the physical structure of the brain. Therefore whatever appears on the television screen emerges as raw experience for those who watch it. 

 Therefore television is reality, and reality is less than television.

” – Videodrome (1983)

Escucho una canción de Grimes. Habla de cyberpunk, de inteligencia artificial y transhumanismo. Siento que me gusta, que musicalmente es novedoso y que la letra le habla a las ideas que traigo hace rato; pero no.
Sólo me da todo lo que quiero escuchar. Todo lo que vengo pensando hace meses, alguien ya lo pensó por mí. En una segunda escuchada, entiendo que sólo es una versión regurgitada de Nine Inch Nails mezclada con vaporwave tardío.

El tipo que dice ya tener cocinado lo de la inteligencia artificial es el novio de Grimes. Dice que los gobiernos no pueden controlar semejante tecnología, que es peligroso por sus implicancias bélicas. Me recuerdo a mí misma que los gobiernos nunca controlaron nada, especialmente las tecnologías más peligrosas, cito:  gas mostaza, armas nucleares, agente naranja, televisión satelital, drones, Twitter  (véase 1 y 2).

Lo que suele suceder es que son las tecnologías las que controlan a los gobiernos, los disuaden. Una vez que Pakistán consigue armas nucleares, entra al club del control, sabe que no debe usar sus armas, sino su potencial disuasorio.

Como explica Baudrillard:

“El riesgo de una pulverización a nivel nuclear no sirve más que de pretexto para la instalación de un sistema de seguridad universal, de prevención, de control, cuyo efecto disuasivo no apunta en modo alguno al enfrentamiento atómico, sino a la probabilidad de todo evento real. Los dos (o tres, o múltiples en el futuro) protagonistas del peligro nuclear no se disuaden el uno al otro sino que, conjuntamente, disuaden al resto y, al mismo tiempo, a sí mismos”.

La inteligencia artificial no será la excepción, del mismo modo no lo es la irrestricta cosecha de información y homogeneización del discurso que propician las redes sociales.

La capacidad de tipos como Elon Musk de normalizar su visión del futuro es tan o más peligrosa que el Terminator que probablemente tenga armado en su garage. Su visión futurista llena el vacío generacional de la ausencia de futuro al tiempo que no cuestiona las raíces de los problemas que generan una sensación de vacío en quienes nacieron en el capitalismo tardío, para consumir durante años productos culturales mostrando lo atractivo que puede ser pensar en la distopia del control total, o de un invierno nuclear.
Los reyes visibles gestionan aquello que se puede mostrar, las fronteras previamente digitadas de lo aceptable.

Hace años están dadas las condiciones tecnológicas para el control total. Todos nuestros sentidos pueden ser inundados de información distante y trivial, todos quienes osen desafiar ese régimen y le saquen capas a la cebolla recibirán ansiolíticos, armas, redes sociales, whatever they might need.

Quienes pueden controlar la producción cultural y los flujos de información, pueden ofrecer “soluciones”, satisfacernos. Regalarnos un paraíso fabricado a medida como en San Junipero o mostrarnos las fronteras entre lo real y la ilusión, una ejecución de ISIS que nunca sabremos si es “de verdad” o no, un atentado o una manifestación, cada tanto un magnicidio, videojuegos hiperrealistas o toda ruptura controlada de la 4ta barrera, sirve para calmar a las fieras. Y cuando no hay placer, hay disuasión.

El secreto de por qué funciona tan eficientemente el mecanismo es, creo, por la imposibilidad de nuestro cerebro para usar la misma clave en todos los fenómenos sociales. Nos movemos entre las primeras capas de la cebolla, nos atemoriza irnos muy lejos de la simulación entonces volvemos, porque es imposible cuestionarse todo. De hacerlo, tal vez nos volvamos locos o lo que es lo mismo, nos sentiremos incompatibles con la simulación (je, por eso el sistema odia a los locos, no descubro nada).

Siendo claros: no puedo ni busco ofrecer la verdad, no hay nada que revelarles. Todo ésto ya ustedes lo saben, porque todas las posibilidades están contenidas dentro de la simulación, incluso el sistema se permite explicitar dichos cuestionamientos -interpasividad-; conspiraciones y secretos a voces, no gobierna quien votamos, no elegimos a quien votamos, no elegimos qué nos gusta ni la información que recibimos.

Nota: Hubo un Presidente estadounidense que dijo en su discurso de despedida que había que tener cuidado con el complejo militar industrial porque ponía en peligro la democracia, su sucesor quiso hacerse el poronga con dichas empresas y Jackie terminó atajandole la masa encefálica en el asiento de atrás de un Lincoln Continental.

De a ratos, recordamos todas esas cosas pero volvemos a la simulación, dejamos que la misma influencie nuestras decisiones de lo más cotidianas..
Con precisión milimétrica los medios de comunicación pueden permitirse tocar casi cualquier tema, mientras no sea analizado demasiado profundo y no traspase su propia órbita de simulación.

El modo en que operamos socialmente pareciera estar restringido entonces a una sola capa de interpretación, donde una suerte de inercia discursiva o la simple disuasión nos vuelven parte de esa Matrix.
Esperamos que alguien venga y rompa ese tejido predecible y desalentador, con impotencia y desazón.

Muchos  teorizan acerca de que las experiencias totalitarias a lo largo de la historia fueron el fruto de una normalización gradual de discursos extremistas (la analogía de la bañera tibia que termina hirviendo).

Vislumbro un cambio radical en ese proceso. Puede que ésta última fase del capitalismo nos haya preseteado para aceptar cualquier cosa, de un día para el otro. Las ideas se esparcen de inmediato, como mucho tardan una semana en formar parte del discurso público. Pero todas esas ideas ya estaban ahí, el mecanismo de normalización sólo las saca del galpón y las pone en la marquesina, llenando los vacíos discursivos que deja el paso del tiempo.

En un momento donde la vorágine ideológica nos vive corriendo el arco hay que conservar la serenidad, ser racionales y desgranar las palabras todo lo posible

Los límites del discurso, manejados a placer, están hechos para sostener una simulación cuyas paredes son de papel de arroz. Si continuamos cediendo sin romper todo lo que damos por sentado van a caer cortinad de hierro, como en esas obras de literatura distópica que nos quitaron tantas veces el suelo.

Mientras, la sensación de que ese futuro horrible es normal, se forja muy despacio todos los días, adentro de nuestras mentes.

 

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