“And what does the money machine eat to shit out? It eats youth, spontaneity, life, beauty and above all it eats creativity. It eats quality and shits out quantity.” – William S. Burroughs, “The Job”

No caben dudas: Es nuestra generación totalmente responsable de no hallar nuevos paradigmas artísticos. Tiene mucho para decir y no sabe cómo, tiene abundancia de recursos técnicos y aún así no encuentra la manera de que ambas cosas coexistan. Como Narciso, sólo escucha señales aisladas, mensajes inconexos que no le conmueven en absoluto y sólo puede rendirle culto a lo sensorial.

Hasta la primera mitad de los años 80, todavía algunos referentes de la música preservaban cierto nivel de independencia para con el mercado, los artistas tenían libertades estéticas y era precisamente el sentido de la novedad, lo impredecible, lo que les daba valor de mercado. Aún así ya existían experimentos de amalgamar una corriente musical con otros hábitos culturales: el movimiento mod, hippies y punks mostraron la evolución y eficiencia del mercado para controlar a voluntad los impulsos de rebeldía de la juventud en la posguerra. Así todo, resulta difícil creer que muchas obras de esos días pudiesen ser interpretadas de forma homogénea, y gran parte de su éxito se basó en poder interpelar de forma transversal a muchísimas personas de lugares y niveles sociales distintos(e incluso esos metamensajes probaron ser indemnes al paso del tiempo, como testimonia la vigencia de The Wall).

Pero el advenimiento de la tecnología de avanzada en la música redujo los requisitos técnicos para grabar una canción y abrió la puerta al fenómeno de las one hit wonders, y llenando el vacío dejado por la música disco también le heredó ese modelo de producción a otros géneros, mostrando con perversa eficiencia cómo los popes discográficos podían imponer estándares estéticos al tiempo que oficiaban de gatekeepers impidiendo el desarrollo de corrientes no mercantilizables. Muere con Cobain uno de los últimos intentos de la música por huir de las garras de la homogeneización cultural. Todo componente emocional estaba ya dentro de lo medible y empaquetable, y la rebeldía, las críticas al sistema y las identidades individuales le dejaron de pertenecer a los artistas.
La música entonces ha dejado de transmitir sensaciones, recibidas de forma asimétrica y con espacio a la interpretación, ya sólo funciona como modo de identificación: todos entienden lo mismo, manejan ámbitos y códigos de comunicación similares según la música que se escuche y podemos trazar perfiles más o menos precisos en base a los artistas preferidos de una persona.

Hace unos meses, acompañé a una amiga a una hamburguesería, en un barrio relativamente acomodado del segundo cordón del conurbano. Ella era amiga del dueño, con quien hablamos durante unos 15 minutos que aproveché para hacerle una pregunta que me comía el bocho: ¿Por qué en un lugar donde se servía comida bastante aceptable, no muy cara y en instalaciones bien mantenidas se obligaba al cliente a escuchar música tan horrible, a un volumen tan alto? La respuesta yo internamente la sabía, son los jóvenes de entre 15 y 25 años que frecuentan esos locales quienes escuchan trap con la misma voracidad que comen hamburguesas con cheddar. “El lugar está orientado a los pibes, y lo que se escucha hoy entre los pibes es ésto”, fue la respuesta textual.

La estricta relación entre el género escuchado y la vestimenta, los lugares que se frecuentan, el feed de Instagram y hasta los lugares elegidos para comer desnudan a la industria como un paquete incuestionable y totalmente homogéneo, destinado a reemplazar vacíos emocionales con oferta sensorial. Hamburguesas grasosas, con queso de aroma fuerte y papas fritas aceitosas, cerveza ácida cortada al 20% con alcohol puro para que embriague rápido y música sin vestigio alguno de rango dinámico, con bajos que al ser reproducidos por parlantes de gama media/baja sólo entregan saturación y vibraciones desagradables e insalubres.

“Oh, me hicieron tener que mentirte en la cara
‘Cribo esta mierda entre flores y Xanax (Xanax)
Pa’ ver si ‘e una vez el corazón me sana
Despué’ de tu droga to’ me sabe a nada”
(…)
“Ella me dice “No llores”
Me agarra la mano me mira y me dice “No llores” (no llore’)
Mientras en la mesa se están marchitando esa’ flore’ (flore’)
No me trate’ bien porque me estás dando más razones (-zone’)
De quedarme aquí hasta que me eches a golpes”
Duki & Leby – No Me Llores

Yo soy la mulata, tengo la boca de plata
Yo que estaba enamorata, te cantaba serenatas
Acordate que soy Natalia, reina de la vigilia
Deja que te combata ya
¡Ah, no! Te hace falta corashe
Nathy Peluso – CORASHE

El trap es un fenómeno que no obedece a otra lógica que la del mercado, obviamente. Es un producto sin controles de calidad en cuanto a estética y que nada tiene que ver su contenido con el público al que está dirigido, incluso no tiene relación cultural alguna con nuestro país en términos concretos: lejos está un adolescente del barrio de Caballito de los barrios marginales y los autos de lujo. La explicación de su éxito probablemente radica en el combo previamente mencionado, la necesidad de identificación se suple en éste caso mediante algo en apariencia contracultural y contestatario pero artificial y desligado de la realidad, e incluso con la versatilidad de adaptar su forma a discursos totalmente opuestos pero que resulte igualmente vendible (ansiolíticos y violencia de género pueden ir en el mismo envase que empoderamiento femenino y diversidad étnica).

Si tenés un mensaje que transmitir mediante la música, ¿Lo hacés de la misma forma que alguien que dice algo radicalmente diferente a lo que decís vos? ¿La música de éstos personajes dice realmente algo? Ni siquiera son lo que representan: hacen música de éstetica deliberadamente marginal pero son gente blanca de clase media, -salvando una honrada excepción que desde esta redacción bancamos incondicionalmente – siendo tan ridículos como quienes replican su pose.

“You know it’s kind of hard
Just to get along today
Our subject isn’t cool
But he fakes it anyway
He may not have a clue
And he may not have style
But everything he lacks
Well he makes up in denial”
The Offspring – “Pretty Fly (for a White Guy)”

La misma lógica viene operando con los últimos sucesos de la música, el teen pop y el alt rock a principios de los 2000, el EDM, el revival anodino del R&B en la década pasada e incluso funcionó con corrientes más o menos contestatarias, como el techno-industrial, el indie psicodélico (¿Alguien se acuerda de Tame Impala?), el vaporwave/synthwave, el dubstep y otro sinfin de expresiones puramente estéticas, fueron fagocitadas por su propia necesidad de copiar formas y texturas, casi siempre de otra época (todas acompañadas de su paquete de merchandising correspondiente), vaciando el contenido emocional de lo que se escucha.

Se presenta la novedad, se la exprime y se la deja a merced de la multiplicación catalizada por la oferta de bienes complementarios, algo que dura un par de años cayendo por su propio peso, mientras el público espera ansioso a alguien que le saque el aburrimiento generado por escuchar algo que en el fondo no le pertenece y no fue vivido. Al ya mencionado revival del R&B y la música disco le siguió el frenesí ochentoso explotado a la par por la industria cinematográfica (para ustedes también hay balas) y una acelerada transmutación a los 90 e incluso, los early 2000. La nostalgia suple las expectativas culturales deterioradas y todo lo que podemos esperar del futuro son los jirones del pasado.

El mercado dicta las reglas: cantidad sobre calidad, inundar los sentidos con volumen para no percibir matices ni estímulos sutiles, preparar al oyente para el nuevo artista de moda, rinse & repeat. Homogeneización cultural at its finest. Se venden experiencias prefabricadas y se insuflan identificación artificial para destruir lo que no se pueda controlar.

Como en una trinchera artística, los pocos grandes artistas genuinos que quedan activos son marginales o víctimas de su carácter totémico, funcionando como agujeros negros de tal forma que las nuevas generaciones no pueden escapar de su influencia y son arrastrados a emociones que ya no están ni les pertenecen.
El mercado se nutre de la búsqueda eterna del arte que jamás vas a encontrar, al menos no si esperamos que venga del mismo mercado, sin cuestionarnos algo elemental y a veces hiriente y desolador: ¿por qué nos gusta lo que nos gusta?

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