Si emplear “lenguaje inclusivo” es ejercer política de la banalidad, desgarrarse las vestiduras como si fuese el problema más grave en el mundo, es doblemente banal.

Aquí, por el momento, ignoraré pequeños absurdos por partes de ciertos sectores radicales, que convierten al cuerpo en cuerpa. Sus experimentos expresivos son irrelevantes para el punto al que quiero llegar.

Por mi parte, no me importa. El lenguaje sufre modificaciones constantemente. Quienes tienen un problema con el lenguaje inclusivo parecen tenerlo porque les parece una modificación absurda, porque es una modificación políticamente cargada, y porque es absolutamente inorgánica: incluso se ha organizado una campaña de promoción del lenguaje inclusivo. Si bien “mis amigues” es dicho a menudo en círculos que frecuento, no escucho formulaciones de ese estilo fuera de esos círculos. El lenguaje inclusivo podría reducirse a un lingo, y nunca quebrar dentro del “lenguaje mainstream”, por así ponerlo, podría nunca ser asimilado por la cultura en general.

Esto podría deberse a que la diferencia entre “todos”, “todos y todas”, y “todes”, es que este último término pretende incluír y visibilizar a las personas que se identifican como “no-binarias”. Quienes se identifican como de género “no binario” no se autoperciben como hombres o mujeres, sino como una suerte de híbrido entre ambos,una tercera posición neutra, o alguna otra opción similar. Las posibilidades son casi infinitas, y cada vez, en lo que a identidades y etiquetas respecta, se está hilando más fino.

La mayoría de la gente falla en comprender qué es el no-binarismo, cómo es posible, o cómo son las experiencias internas de una persona no-binaria. Considerando esto, modificar el lenguaje para su inclusión va a recibir resistencia, porque se le estará pidiendo al lenguaje que haga algo que el lenguaje no va a hacer: Incluír a una minoría que es incomprendida, y, algunos arguyirían, inexistente.

El lenguaje, como primera herramienta para la visibilización, resulta ineficaz, porque una palabra es un rótulo que existe cuando hay un consenso que la valida como tal. “sdfsd” no es una palabra porque nadie la usa como rótulo de nada. El lenguaje es una construcción social, y su evolución es un ejercicio cotidiano en el que, en la mayoría de los casos, ni siquiera tiene que convencerse a la gente (nadie intentó avergonzarme por mi uso o no uso de la palabra selfie).

Considerando esto, una modificación del lenguaje debe estar empujada por la cultura, forzada por la cultura. Nuevas herramientas expresivas se vuelven necesarias porque el contexto las demanda.

La mayoría de la gente vive en un mundo en el que los transexuales existen como extravagancias televisivas, o no. Tenemos que preparar a la cultura. Tenemos que continuar educando y, si el lenguaje deviene en esta dirección, lo hará sin ser forzado. Aquí no estoy proponiendo que debamos esperar hasta que la tasa de travesticidios sea nula, sino que arrojarle términos descontextualizados a una cultura en el que elles parecen imposibles, aliena más de lo que incluye.

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