Mientras escribo esto, durante un descanso laboral, unas dos o tres decenas de feministas radicales se reúnen en el frío a protestar por la liberación de Nahir Galarza, una mujer joven que robó el revólver de su padre, un oficial de policía, y asesinó a su novio de dos balazos. Esta fue la conclusión de un historial de abuso por parte de ella, como se probó en repetidas ocasiones. Incluso, poco tiempo antes de ejecutar a Fernando Pastorizzo, Galarza y una amiga suya le dispensaron una paliza, para luego amenazarlo con denuciarlo por violencia de género.
Este asunto entero sirve como un ejemplo de cómo los avances en derechos de las víctimas de violencia en la pareja, y específicamente, los avances culturales con respecto a cómo se trata a las mujeres que denuncian ser golpeadas, pueden serle ventajosos a seres humanos horribles.
El caso entero es una bolsa de gatos que la mayoría de la población con acceso a televisión por cable o una conexión a internet ya está familiarizada (quienes no lo estén, aquí, aquí, y aquí podrán encontrar más información al respecto).
Por presión mediática y por un cuerpo probatorio solidísimo, el caso se resolvió y la sentencia se estableció rápidamente. Muchas víctimas de violencia doméstica, muchas víctimas de crimen armado, y muchas víctimas de violación no tuvieron estos privilegios.
La estrategia de la defensa de la asesina fue un repugnante intento de pescar por empatía en el discurso popular. La mayoría de la gente no lo compró. Por supuesto, el feminismo radical sí lo hizo.
Hace no mucho tiempo, vi a algunos de los hombres homosexuales que defienden a Galarza, proponiendo que los maricones no somos hombres, sino que pertenecemos a una categoría otra. Por supuesto, esto forma parte de un plan para, simbólicamente, atrincherarse del lado de las mujeres, contra la opresión masculina. Los hombres (todos) son la raíz de todo mal, pero yo no soy un hombre, me pongo glitter en la cara y me acuesto con otros hombres- Suficiente, soy una cosa otra, soy la vanguardia, soy una instancia superadora.
Dos conclusiones se desprenden de este asunto:
1. El feminismo no tiene las espaldas de las víctimas masculinas de violencia doméstica. No lo hace. Culpa a las víctimas. Si golpean a un hombre, e sporque algo hizo para merecerlo. Este es el movimiento que propone hacer justicia a las experiencias de todas las supuestas víctimas de abusos, el movimiento que predica que hay que creer toda acusación de abuso por default, porque eso es lo moral que hacer, y que sugerir a una mujer ciertos comportamientos que la hagan menos propensa a sufrir abusos es inaceptable, independientemente de qué tan razonables, efectivas, o condenatorias sean estas sugerencias.
2. “Muerte al macho” no es una metáfora. No se propone “matar” a un “macho” simbólico, deshacerse del “macho interior”. Quizás, este sea el sentido que las feministas más tibias le atribuyen a la frase, pero, el lema que se enarbola en nombre de la causa de “deshacerse del macho interior”, no se enarbola sobre el cadáver de un muchacho de diecinueve años, víctima de violencia doméstica. No hay correlación. Quienes traen esta infantilada nefasta a la mesa ahora, lo hacen porque no es metafórica y nunca lo fue.
Es una pena que el feminismo no condene a quienes están contaminando la causa haciendo apología del homicidio de varones por ser varones.
Los hombres que se identifican como feministas están cometiendo el error de intentar acumular puntos de “no soy tan malo como mi pene sugeriría” frente a gente que los desprecia. Diría que esta necesidad no es sólo indigna para los hombres heterosexuales y cisgénero.
He tenido horribles experiencias con “putxs deconstruídxs” que no podían tolerar que otra persona queer tuviese opiniones distintas que las suyas. Que, deconstruídxs y siempre honrando las opiniones de “gente marginada”, me infantilizaron y me denostaron, para luego querer acostarse conmigo, y, cuando fui insistente sobre el uso del cóndon y sobre el hecho de que no soy poliamoroso, no entendieron que “no” es “no”. Creyeron que “no” era “convenceme”, porque cuando uno cree que es una víctima, uno puede justificarse comportamientos grotescos. Cuando uno ya no es un hombre blanco de clase alta, sino una mariK genderfluid combativa en una guerra sin cuartel contra abstracciones validadas sólo por interpretaciones poco rigurosas de los hechos, uno puede justificar indulgirse en los mismos comportamientos que denuncia.
Una pequeña anotación estética: Los hombres cisgénero y heterosexuales que no se visten estrambóticamente siempre deberán, en espacios de esta índole, circular con cuidado y mantenerse en silencio. Si hablasen con la cadencia que nos es típica a los homosexuales y se vistiesen estrambóticamente, podrían salirse con la suya, haciendo, para ponerlo en lingo feminista: machiruleadas.
Un marco teórico que justifica violentar a algunos individuos como un ajusticiamiento por las aberraciones que otros individuos que comparten con ellos características inmutables, cometieron, no sólo es feble, sino también moralmente inaceptable.
El sentido de justicia de quien arremete letalmente contra una demográfica entera para “ajustar las cuentas” es universal. La mayoría de la gente no es vil, sino que debe ser convencida de hacer vilezas, mediante la creencia de que estas tendrán como fruto el bien común. Es como un truco de magia. Te aseguras de que los trenes lleguen a tiempo, pensando en cómo tus niños serán libres, si pensas en eso en absoluto.
Las enormes narrativas colectivistas sobre cómo las estructuras que nos gobiernan estan viciadas por demográficas enteras, que por su religión, sus niveles de melanina, o su sexo portan la marca de Caín, al operar como certezas y así, como lentes a través de los que interpretar la realidad, nos condenan a ser injustos. Nos condenan a hacer pagar a unos por las acciones de otros. Nos condenan a ser asesinos, o simpatizantes de asesinos, o a operar como el soporte logístico de asesinos. También podríamos indulgirnos en el ajusticiamiento con medios menos espectaculares, siendo pequeños tiranos desde nuestra mediocridad barrial. Puede parecer inocuo, ¿Qué me importa que alguien opere tiránicamente desde una posición que, para la mayoría de la gente, es irrelevante? Para comenzar, un tirano necesita un contexto que le sea favorable. No es una figura descontextualizada, es la encarnación de un sentir común. La mayoría de nosotros tiene que reprimir una tendencia a la violencia y al odio. Tanto yo como el lector, y todos aquellos citados, referidos y mencionados en este escrito somos los huevos de las serpientes de diversos totalitarismos.
Fácil, rápido y garantizado: No se necesitan demasiados recursos para sembrar una pequeña injusticia. Con disparar antes de preguntar, o no intervenir ante un crímen de odio; con decidir que sin importar qué tan deficiente una madre sea, podrá cuidar mejor de su hijo que el padre, sólo por tener los genitales correctos; con no anestesiar suficientemente a la mujer que aborta, con proceder bruscamente, con decir que excede tus funciones, con guardar el expediente en la base de un cajón, con decirle a tus alumnos que “de esas cosas no se habla”, con encomendarle a tus empleados que “no se metan en asuntos que no les corresponden”, con “escuchar y creer” basta.
Propongo la lectura de “El Otro Oprimido” como un compañero factualmente riguroso, de esta pieza.
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