En 1970, Jimi Hendrix murió de una sobredosis de barbitúricos. Arthur Rimbaud murió en 1891, de una sobredosis de pene de Verlaine. Yo, el otro día, tuve una siesta para nada reparadora, mientras padecía una sobredosis de nicotina.

Gustaría de suceder la introducción de este bochornoso episodio con una aclaración: No estoy sufriendo secuela alguna. Fue nicotina, no fue nada. Me sentí morir por un rato y, esa noche, me encontré muscularmente incapaz de revisar repetidamente la higiene de mi glande, en la oscuridad. Más allá de eso, incluso puede decirse que la pasé bien.

Si vamos al caso, el asunto entero tuvo su origen el octubre pasado, cuando comencé a fumar. Siempre he sido un fumador emocional. No puedo disfrutar de alguna pretenciosidad mientras fumo casualmente. Comencé en un intento de lidiar con estrés, y continué fumando porque funcionaba. La primera vez que dejé, lo hice porque la vida estaba mejorando. Retorné al hábito porque ciertos asuntos se habían complicado de nuevo. Volví a dejar ante leves mejorías, y recaí hace relativamente poco, avasallado por mi paranoia académica y la locura clorhidrática artífice de las tensiones de mi empleo corporativo.

Soy un hombrecito muy quejoso. El año anterior entero, lo pasé desgarrándome las vestiduras y deseando morir porque no tenía empleo ni estaba padeciendo bajo la educación formal. Este año, tengo todo aquello cuya carencia padecí, y estoy ideando un plan de escape. Quizás no esté ahora nicótinico y quejoso, porque esté tan mal como el año pasado, sino porque, si bien estoy muchísimo mejor, aún no estoy donde quiero estar.

Como fuese, regresaré al jocosísimo asunto de la sobredosis:

Entre una clase de Metodología de las Ciencias Sociales y una clase de Economía, acudí a un local cercano de cierta nefastísima corporación lobbysta que aspira a erradicar a las farmacias barriales, y compré una caja de chicles de nicotina. Cada uno tenía unos 2 mgs.

En un comienzo, consumí tan pocos en un período tan extenso, que sólo padecí cosquilleos molestos en el paladar.

Al tercer o cuarto día de su consumo, me metí varios en la boca, casi al hilo. Pronto comencé a sentirme mareado, nauseoso, y a padecer de cierta impericia física rara en mí. Me tomé la temperatura, y estaba padeciendo hipotermia.

Tarde algunos días en googlear los síntomas. Estaba seguro de haber sufrido un pico de estrés. Como fuese, prometo publicar algo valioso en un tiempo. Es que apenas tengo tiempo para pensar. Cuando sea rico, olvidaré cómo disculparme.

 

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