No recuerdo ni quiero recordar si, la última vez que escribí sobre el aborto, prometí que sería la última. No confío en mí como productor de textos definitivos, y menos que menos en lo que a asuntos políticos concierne. De todas maneras, no deseo tratar estas cuestiones sólo en relación a la problemática de la legalización del aborto.

El 8 de marzo, la veterinaria Valeria Zimmerman se unió a la cacofonía conservadora contra el derecho de una mujer a no morir por abortar.

Zimmerman tuvo un primer embarazo tan complicado, que el obstetra que la atendió, le recomendó abortar. En 2012, parió a dos gemelas que nacieron sin vida.

Es el tipo de acontecimientos que quiebran a alguien. No le demandaré a una mujer que vivió a través de eso que tenga una visión universal de los acontecimientos, y que realice que tan intensa como la alegría de una madre embarazada, es el dolor de una mujer que ha quedado embarazada a su pesar.

La experiencia de Zimmerman está cargada de dolor. Eso no dota de sentido a sus argumentos. Respeto tu dolor y te compadezco, pero, por favor, no sientes a tu dolor a escribir legislación que condene a gente pobre que está intentando aferrarse a su propia vida, a morir de septicemia.

Gustaría de comentar sobre ciertos puntos problemáticos y errores conceptuales serios en el discurso de Zimmerman, quien dijo:

“…[Quienes abortan] no saben el sexo de su bebé, no tienen la fecha de cumpleaños, no han dado la vida por su hijo, no lo pudieron enterrar, no saben qué paso con él, si está en un tacho de basura o en un laboratorio que lucran con su cuerpito, su bebé no tiene nombre, no lo pueden nombrar, es un desaparecido.
Pero su cuerpo lo sabe, su cuerpo clama por su bebé, los pechos se llenan de leche. Mientras los pechos gotean, gotean los ojos con lágrimas amargas. El cuerpo tiene memoria física, recordando que antes había alguien, las hormonas bajan y uno siente dolor y soledad: es la angustia de estar literalmente vacío…”
Tras proyectar su angustia sobre las mujeres que abortan, Zimmerman trajo a la mesa una figura metafórica de mi interés: Aquella del cuerpo como entidad con voluntad y deseos autónomos de aquellos de quien lo ocupa.
A una mujer víctima de violación puede lubricársele la vagina durante la vejación, a un hombre puede provocársele una erección contra su voluntad… Que los pechos se llenen de leche no significa nada. El cuerpo es una máquina estúpida.
Por ejemplo, es agónico y alienante para una persona trans ocupar un cuerpo que lleva a cabo procesos fisiológicos característicos de su sexo, que es incongruente con su identidad de género (que es, por cierto, una consecuencia de particularidades neurológicas).
Uno es su cuerpo, y está atrapado en su cuerpo, y, en ciertos casos y ocasiones, la relación entre el cuerpo y quién ese cuerpo es, es una entre la voluntad humana y la crueldad de la naturaleza, porque el cuerpo sólo funciona o deja de funcionar por mecanismos propios. La voluntad está limitada. La misma voluntad, si vamos al caso, es producto de un órgano que puede sufrir desequilibrios químicos que sesguen y abrevien esta voluntad.
Por supuesto, uno puede dañar u optimizar el funcionamiento de su cuerpo, mediante comportamientos; pero sólo hasta cierto punto.
Uno trabaja sobre lo que le es dado, y las repercusiones que lo que uno hace tendrán sobre su cuerpo, no dependen de uno.
Su comportamiento sí, por supuesto – dentro de sus posibilidades, y asumiendo que uno esté neurológicamente saludable. Uno puede optar sobre su comportamiento en base a qué conoce sobre sus posibles repercusiones sobre el cuerpo; pero las repercusiones no son decisión de uno. Si bien, en condiciones ideales, el coito será una decisión consciente, la concepción no puede serlo. Mujeres que mueren por ser madres pueden fallar en concebir, y mujeres que preferirían morir a ser madres, ser increíblemente fértiles.
Los pechos gotean de leche y los ojos [Poesía, a Noviembre del 2022], de “lágrimas amargas”, y un goteo puede ser causal del otro.
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