Sobre ser “Ni-Ni”, la meditación, la necesidad de afiliación y otra basura New Age bochornosamente útil.

Esta es una transcripción pesadamente editada, de una de esas divagaciones que grabo durante noches de verano febriles, medio ebrio, creyendo que quizás le esté recitando a un futuro tipista, yo mismo, un artículo entero. Si fuese reestructurado, y editado para rimar de cuando en cuando, se convertiría en poesía confesional torpe. Me disculpo por eso, y por los abruptos cambios temáticos de párrafo a párrafo. He tenido problemas de concentración por años, lo lamento.

Habré retornado a la educación formal en Abril. Una seguidilla de problemas burocráticos me forzó a tomarme un año. De alguna manera, estaba alegre de conseguir la tan soñada chance de, al menos por un año, dedicar mi tiempo completamente a la escritura. Hasta entonces, había terminado algunas piezas, en mi tiempo libre, escribiendo durante los recovecos entre el recreo y la llegada del próximo profesor, o entre el almuerzo y la necesaria siesta que oscurecería mi humor. Terminé, como mucho, cinco trabajos en dos años, y llené una carpeta de retazos de futuras novelas, que comencé a romper y descartar, a medida que, para ponerlo en el término menos pretencioso que se me ocurre – “mejoraba”.

Los escritos más largos que alguna vez produje, los produje para la escuela. Era un estudiante dedicado. Lograba ser productivo, durmiendo poco y drogandome con litros de cafeína – azuzando entonces un episodio hipomaníaco -, y colgando ante mí el cuco de algún profesor viejo y respetable que no podía permitirme decepcionar.

Desde que terminé la escuela, he hecho muy poco. Tomé un curso de encuadernación artesanal; Comencé y abandoné un curso de Alemán para principiantes, que era demasiado costoso para avanzar tan lentamente; y comencé un proyecto editorial llamado The God of Noise, gracias al cual experimenté los hórridos problemas organizativos de los eventos culturales independientes, y conocí a gente adorable que apreciaba lo que sea que yo tuviese para ofrecer.
Si viví por algo, el año pasado, fue por gratitud. The God of Noise me proveyó algo de dinero, y un sentido de gratitud. Me abrumó encontrar que alguien estaría dispuesto a cambiar dinero por una colección de collages y poemas más bien febles, que yo había impreso en el estudio de mi padre. Sé que recibir tal atención, y tal retribución, es un privilegio. Espero que, si las cosas funcionan a mi favor, mantenga este sentimiento a través de los años. Espero que siempre que conozca a alguien que aprecie mi trabajo, reciba el privilegio de su atención, tan recatado y deleitoso como lo hice cuando alguien se detenía a ver con qué había llenado la mesa baja que me habían asignado, en una soleada pequeña feria americana.

Oh, bueno– Estas instancias de, felicidad, quizás, fueron raras.
El año pasado, me di cuenta de que necesito estar en el sistema de educativo para mantenerme estable. Sufro de una enfermedad que mantiene sólo humores patológicamente altos y patológicamente bajos, a accesibles a mí. No oscilo entre los extremos del sentimiento, me teletransporto.
Estar en  mi casa – actualmente (pero no por mucho tiempo), mohosa, apestando a alcohol, colmada por los ruidos del televisor, todo el día, incluso escribiendo, incluso trabajando, incluso cosiendo los productos de lo que, me convencía a creer, era genio, aún estaba en casa. Hago muy poco dinero con lo que sea que hago, y la mayoría de los días no tengo a dónde ir. Mis proyectos son los proyectos que hago para mí mismo. Tengo amigos, algunos pasaron el año en posiciones similares a la mía- Algunos no habían terminado la escuela todavía, otros habían fallado en ingresar a la universidad. Miseria en compañía aún es miseria. Intenté conseguir un empleo. Arrojé Curriculum Vitaes por allí, como si fuesen frisbees. Uno golpeó a una señora mayor en la cara, y le trozó la ceja. Estaré yendo a tribunales el viernes. Como fuese, fallé en conseguir un empleo.

En la escuela, era validado constantemente. Parecía que tenía mi lugar, y luego encontrar que la mayoría de la gente cuyos suelos rogaba barrer, o cuyos libros rogaba vender, cuyos teléfonos quería atender a cambio de monedas, ni siquiera me consideraban digno de ser conocido, me entristeció. Parece patético de admitir, pero la mayoría de la gente joven de clase media, y particularmente el escaso subgrupo que, como yo, tiene un tremendamente inestable sentido de sí, no está emocionalmente equipada para navegar un mundo en el que a nadie le importa. La sociedad no es mi pequeña escuela católica. Nadie paga para estar aquí, y sería mejor que mucha gente no estuviera. Parte de la población está de más, para ellos no hay nada, y uno debe olvidarse a sí mismo y permitirse ser aplastado en la servitud, porque, al menos, entonces uno tendrá un lugar en absoluto.

Si estas parecen las pseudo-realizaciones de un niño pequeño tan privilegiado e ingenuo que es un peligro para sí mismo, tengo noticias.

Como fuese, ese año estaré luchando con la universidad pública. Al menos en esa lucha encontraré estructura.
Creía que tener la mayoría de mis horas ocupadas en la escuela me impedía escribir, pero, de hecho, me mantenía escribiendo. Me mantenía escribiendo porque limitaba mi tiempo de escritura, y me proveía una rutina, una rutina adosada a un objetivo académico – uno inferior, terminar la secundaria-, pero ese objetivo me hacía sentir que tenía un lugar donde estar y algo que hacer, y llegaba a mi escritorio con el deseo honesto de escribir, no desesperado por autoestima, como lo he estado haciendo estos días. Terminase algo o no, escribiese algo ingenioso, o una pieza tan sosa como esta, el día no había sido en vano.

Cuando estaba en la escuela secundaria, a menudo comenzaba un ensayo una semana antes de su fecha de entrega. Comenzaría escribiendo lineamientos generales, y párrafos cortos que se me viniesen a la mente mientras leía bibliografía relevante, pero el ensayo per se, sería escrito desde la una hasta las cuatro de la mañaa, en su día de entrega. Iría a la cama a las diez, y me despertaría a las doce treinta, me bañaría, bebería un litro de café -entonces, un litro bastaba-, y terminaría el puto asunto. La única manera en la que podía comenzar y terminar un texto, era bajo la presión de caer detrás, o decepcionar al profesor, o tener que retornar a la escuela en el verano.
Si escribía un buen ensayo, un premio estaría asegurado, si no lo hacía, un castigo estaría asegurado. Escribir diariamente por una cantidad de dinero incierto -sobre el que pensaba en un rango de cero a más de cero-, no acarreaba suficiente presión para que me sentara, comenzara una pieza, y la finalizara.
He estado escribiendo retazos, grandes retazos de ficción, y poemas. Terminé dos piezas en un año, y una colección de poemas, e hice muy poco dinero. Un año entero de nada, produjo siete poemas y dos ensayos. Un año entero de siete poemas y dos ensayos. ¿Qué hay sobre los collages que hiciste?, podría preguntarme a mí mismo. “Andate a la mierda”, podría responder. Quiero ser un escritor, no un artista del collage, y un collage toma su tiempo, su habilidad, pero no es escribir. Escribir es sublime porque escribir es lo más difícil de hacer, en lo que soy semicompetente, e incluso cuando lo hago más o menos decentemente, apela a mi sentido de superioridad.
Uno alcanza la línea de llegada arrastrándose, llevando una traza de sangre como la cola de un vestido de novia.

Algunos días, no puedo escribir. No podría terminar nada. Cuando caminaba bajo los árboles y sentía que tenía derecho a estar en la tierra, que pertenecía aquí, que merecía sentarme a la mesa, no podía concentrarme. Bajo ira depresiva absurda, no podía concentrarame tampoco.
He estado intentando matarme desde los trece años. Antes de conseguir ayuda profesional por razones profesionales, había considerado cometer suicidio por tren, como cierto familiar mío había esta amenazando hacerlo, por los últimos cuarenta años. Sentado en el suelo de mi habitación, lloré que realmente no había otra opción. Llevar ese brote imbécil de una vida, era doloroso, y me creía inepto para algo mejor. Ya no soñaba llevar una vida productiva. Era, o inutilidad y dolor, o suicidio. Miré alrededor, intentando imaginar que, pronto, mis pertenencias serían las del hijo muerto de mi padre.
Me punzó el dolor al que estaría sometido, teniendo por hogar el escenario de la tragedia que lo destrozó. Me daría algunos días para escribir una carta, y resolver algunas nadas. Hacía un tiempo, había pedido a una amiga mía el número de su psiquiatra. La vi dos veces. Me dio un régimen narcótico, pero se negó a diagnosticarme. Tenía químicamente impedido llorar, y, durante los primeros días del tratamiento, estaba demasiado somnoliento como para planear un suicidio. Le debo mi vida, no sólo a la pseudo-poética de mi neuroticismo (¡Qué petulante intento de oración, Jesús!), sino, sobretodo, a la droga que hizo de dejar mi cama una tarea pesada, y, por lo tanto, de caminar, o incluso tomar un colectivo a través de las diez cuadras hasta la estación de tren, semejante a cursar el océano en kayak.

Fui a un concierto. Tocaron cierta canción que tan a menudo me había conmovido hasta las lágrimas. A mi lado, un muchacho alto lloró, presionándose un pañuelo contra la nariz, mientras yo intentaba forzar el sentimiento. Por algunos días, había estado creciendo hórridas creencias paranoides, y, tras el concierto, caminé las calles relucientes y repletas, desde el Centro Cultural San Martín, hasta el obelisco, fumando, mientras era tentado, en cada esquina, por la posibilidad de cometer suicidio de una forma humillante e inefectiva, arrojándome frente a un auto. Puedo especular sobre por qué no lo hice: Estaba deleitado de haber encontrado una solución a un problema paralizante. Era un sentimiento mordaz y maravilloso. Sabía que no pasaría mucho tiempo. Sabía que tarde o temprano intentaría matarme, y no titubearía. Sabía que, de intentarlo, sería exitoso, y todo habría concluido. De tener que hacerlo allí, lo haría, pero, entonces, estaba disfrutando demasiado del sentimiento. Me salvó una paradoja. Fantasear al respecto era suficiente. Jugueteé con eso, peligrosamente esperanzado, como anticipando la gloria del cielo católico, pero me gustaría pensar no creía en el cielo, ni siquiera en su convenientísima variante católica, de amnistía total y reuniones de ocio junto a la silla del creador del universo. No había disfrutado nada en mucho tiempo, no había querido nada en mucho tiempo. Me senté en una cafetería a esperar a mi padre, que iba a encontrarse con un cliente, en las cercanías, y había ofrecido llevarme a casa. Más tarde, esa noche, sufrí el peor dolor de cabeza que puedo recordar.

Toda enfermedad mental acarrea tendencias contrarias al tratamiento – aquí me refiero a tendencias generales en el comportamiento, que he percibido en las comunidades con las que he entrado en contacto, y, aquí, no estoy intentando caracterizar a todos los individuos que sufren de las enfermedades mencionadas; pero no es raro ver a esquizofrénicos paranoides, por ejemplo, vilificando a sus médicos, bajo la creencia de que forman parte de una gran conspiración para impedir que develen algún gran acontecimiento. Entre aquellos con trastorno bipolar, he encontrado, no es raro abandonar el tratamiento y rendirse a la pseudociencia. “Al final, mis cambios de humor eran consecuencia de un déficit de Omega-3”, dice Stephie, quien no ha dormido en tres días y ha comenzado a conversar con floreros, “¡Tres salmones, y estoy C E N T R A D A!”, celebra, aleteando sus manos, mientras cabecea una pared, cantando “Kumbayá”.

No estoy recomendando que otros enfermos imiten mi comportamiento autolesivo. Lo que he hecho es menos que ideal. Estaba descontento con el profesional que estaba viendo, y el tratamiento prescripto no estaba funcionando. Debería haber encontrado a otro profesional, para continuar tomando medicación. Sí, debería haber tomado mi medicación. Estoy intentando, más o menos, armar mi vida sin hacerlo. Quizás esté cargando un peso absurdo. El asunto es que medicación sin mejoras ambientales y de comportamiento, es nada, y en ese momento me encontraba, no energizado, sino dormido en el mismo agujero de mierda, y paranoide. Mi medicación y mi ambiente me privaron de los altos patológicos, ahora vivía en bajos patológicos.

He estado intentando meditar. He notado algunas leves mejorías, creo. Solía meditar hasta dormirme — Tenía esta aplicación en mi teléfono, esta aplicación de meditación guiada. Oh, bueno. Hace algunos días, leí un artículo sobre meditación, en el sitio de Sam Harris, y, oh, bueno. Lo intenté. Funciona. Al menos lo hace como placebo.
Entre el desvanecimiento de las imágenes, en sonidos, y la apertura de mis ojos, me deslizo a esta sensación hermosa, de ser un visitante del presente, invitado a afectarlo. Oh, bueno – Suena hórrido, realmente. Sí. Estoy atrapado en el presente, todos los estamos. Estoy seducido por maravillosas visiones del futuro, pero el futuro siempre se degrada en el presente.

Estar desempleado y fuera de la educación por un año, fue alienante. Todo el mundo menos yo, parecía estar yendo a algún lado, haciendo algo de sí mismo. Y entonces, la autoestima comenzó a treparse a cualquier cosa. Sé que sonará patético, porque lo era: Si mis zapatos estaban mejor pulidos – Sí, tengo dieciocho años y uso zapatos de cuero a menudo-, que los de algún viejo, me sentía mejor que él, por ejemplo. Si la ropa de alguien estaba manchada, pero la mía, inmaculada, si alguien estaba transpirando pesadamente, si alguien tenía peor acné que yo– No me sentía a gusto en el mundo, no sentía que tenía algo que hacer, no sentía que tenía a donde ir, o qué proveer. Me sentía como un desperdicio, me sentía indeseable e inferior, sentía que mi presencia era innecesaria. Uno necesita un sentido de comunidad, uno necesita la ilusión de una función social, uno necesita algo que hacer.

Puedo entender por qué es que muchos jóvenes desempleados y fuera de la educación formal, que padecen enfermedades mentales, han sido seducidos por extremistas. No es mi intención excusarlos, pero la alienación es enfermante. Hace algunos días, leí una hileada de tweets, que inspiró un artículo sobre cómo racialistas estarían intentando engrosar sus líneas, infiltrándose en comunidades de hombres jóvenes padecientes de enfermedades mentales. Sentía que mi vida apenas estaba avanzando, y la angustia empeoró mis síntomas. La comodidad de otra gente reflejaba mis carencias, y debí vivir a través de esta injusticia. También entiendo la relevancia cultural del Dr. Jordan B. Peterson. Su audiencia consiste, mayoritariamente, de hombres jóvenes que se sienten como yo me sentía. Quizás han estado enfermos y desempleados, fuera de la educación, y fuera de programa de entrenamiento alguno, por años, y necesitan que alguien les provea un marco teórico desde el que construir una vida para sí mismos. La validez factual de este marco, es un asunto otro.

Mientras edito esta pieza, estoy, de alguna manera vaga, sintiéndome entusiasmado sobre mi futuro. No sé cuánto tardará el próximo golpe. Por una semana, aproximadamente, las cosas han estado yendo a mi manera, y estoy más bien alegre. Continuaré en este muy disfrutable, para nada alienante, tono de nota suicidio: Apenas estoy comenzando, y temo que no vaya a haber un lugar en el mundo para quien gustaría de ser. Puedo imaginarme en diez años, puedo imaginarme en cinco, pero no sé qué podría estar haciendo la próxima semana, para llegar allí eventualmente. No sé dónde comenzar. La ambición puede conjurar potencialidades maravillosas, pero conocer los detalles prácticos para satisfacerla, es cosa otra. Apenas estoy comenzando, y temo que ningún esfuerzo vaya a bastar. Es un trecho demasiado extenso – Como hay una cantidad infinita de números, entre dos enteros, entre lo que soy, y mis aspiraciones, hay infinitas imposibilidades.

No creo en el destino, ya creo en la meditación, y con eso me basta. He pasado estos últimos días, mayoritariamente, escribiendo ficción hórrida, crónicamente indigna de ser publicada. Insatisfecho, he comenzado a hablar como uno de mis propios personajes. Como fuese, espero que seas feliz.

Available in English: https://wp.me/p9HP7u-A
Fotografía por Keith Dannat.

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2 thoughts on “ 2017 fue un lastre ”

  1. Hola Aaron, “La ambición puede conjurar potencialidades maravillosas, pero conocer los detalles prácticos para satisfacerla, es cosa otra”, me quedo con eso. Espero puedas encontrar los pasos a seguir (¿si es que hay pasos a seguir?). Un beso, tu compañera ucraniana, Juliana.

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