Hasta, aproximadamente, mediados del año pasado, contaba con el surplus energético necesario para entrometerme constantemente en las publicacione pseudo-políticas de mis contactos de Facebook, e intentar “debatir” – empleo este término en su sentido más laxo posible.
Uno de los intercambios más extensos y gratos que recuerdo, se desarrolló en la sección de comentarios de una publicación anti-abortista.  Concluyó con la mayoría de los participantes acordando que la legalización era necesaria, pero lamentando la pérdida del feto.
En lugar de argumentar brillantemente en secciones de comentarios, en Facebook, argumentaré brillantemente aquí. Quizás esta vaya a ser una pieza extensa. Hicieron de la mitad de los presentadores de programas políticos de TN, autores de best-sellers, pueden tolerar veinte párrafos de mí.

Carezco de los conocimientos científicos necesarios para participar respetablemente de  la discusión interdisciplinaria sobre cuándo comienza la vida, o desde cuándo uno es una persona. Podría plantearse el aborto como la resolución de un conflicto de derechos: El derecho del feto, a la vida, y el derecho de la madre a su autonomía corporal.

En una carpeta del Centro de Derechos Reproductivos titulada “EL DERECHO A LA VIDA DE QUIÉN?”, se proponen estrategias para balancear el derecho prenatal y el derecho a la autonomía corporal, así como para proteger la vida prenatal y posnatal, y se hace un raconto de antecedentes jurídicos internacionales:

En el Derecho Internacional, el derecho a la vida prenatal no tiene carácter absoluto. El marco internacional de derechos humanos establece que tales derechos o protecciones deben necesariamente supeditarse a los derechos de la mujer. En este orden, es importante mencionar el principio fundamental existente en el Derecho Internacional de los Tratados, bajo el cual los Estados no pueden invocar su derecho interno para incumplir con las obligaciones internacionales derivadas de los tratados de los que [sic] hacen parte. En el año 2000, la Sala Constitucional de la Corte Suprema costarricense sentenció que la vida empieza con la fecundación y que cigotos, embriones y fetos son acreedores de todos los derechos humanos, incluyendo el derecho a la vida. Como resultado de tal decisión, la fecundación in vitro (FIV) fue prohibida en Costa Rica, pero se mantuvo vigente la disposición que permitía el aborto legal en los supuestos en los cuales la vida o la salud de la mujer estuvieran en riesgo. En 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos anuló la prohibición de la FIV, usada como mecanismo para proteger el derecho a la vida antes del nacimiento, decidiendo que cuando hay protecciones prenatales, éstas tienen que ser de manera “gradual e incremental según [el] desarrollo [de la vida]”. – (Pág. 13)

Soy de la opinión de que el derecho a la autonomía corporal, y el bienestar de la persona ya nacida, deberían primar sobre el derecho a la vida del feto. Tenemos que garantizar los derechos, y reducir el sufrimiento de quienes ya hayan nacido, estén concientes, y por lo tanto, puedan sufrir. El sufrimiento de un feto que es abortado en condiciones de legalidad, anestesiado, o antes de haber desarrollado su sistema nervioso central, es nulo. El sufrimiento de una chica que deberá lidiar con dar a luz a una criatura no deseada, quizás en condiciones que le son adversas a ella misma, y que impedirán el crecimiento de un niño funcional y saludable, lo supersede.

Además, habrá quién aborte, si bien pueden (y deben) tomarse medidas que hagan al aborto raro, siempre habrá abortos. Un país en el que los abortos son legales y se llevan a cabo en óptimas condiciones de salubridad, es un país en el que nadie muere por abortar.

Si bien el número de muertes por abortos inducidos es bajísimo (siendo de aproximadamente treinta muertes al año), en todos estos casos, en lugar de perder una vida, perdimos dos. Podríamos cortar nuestras pérdidas a la mitad, legalizando el aborto. La posición realmente pro-vida, es una pro-legalización.

Si bien “apenas” (cuando tratamos muertes evitables, “apenas” es un término lamentable), decenas de mujeres mueren por abortos clandestinos, año tras año decenas de miles deben acudir a centros de salud, para ser tratadas por complicaciones consecuentes con un aborto. Cientos de estas mujeres son en realidad niñas de entre diez y catorce años, y miles de estas mujeres son en realidad adolescentes de entre 15 y 19.

Recientemente, se ha dotado a esta cuestión de la relevancia política que amerita. Oh, bueno, podría decirse que el presidente dio el visto bueno a un debate legislativo al respecto, porque mientras se hable del aborto no se hablará sobre el desempleo, la inflación, o el hecho de que los mismos pobres que nos indignan llevando camisetas Lacoste por las que no pueden pagar, estén pagando por una crisis económica. Como fuese, digamos que el asunto de la legalización del aborto es un blindaje: Estaremos tratando el estado de nuestro sistema de adopciones, el estado de nuestro sistema de salud, la autonomía corporal, y el cumplimiento de la Ley Nacional de Educación Sexual. No es un tópico irrelevante, y en su discusión estaremos tratando problemáticas importantes. Sea cual sea el motivo por el que el gobierno esté empujando esta conversación, será una edificante.

En 2005, el Ministerio de Salud comisionó un estudio sobre el aborto inducido, que estimó que, en Argentina, estaban tomando lugar, aproximadamente, medio millón de abortos, cada año. La clandestinidad imposibilita arribar a una cifra exacta. Esta es sólo una estimación, realizada, no en pos de una cifra exacta, sino de una orden de magnitud.

Estoy a favor de la legalización, y creo que el aborto debería ser libre, seguro, y accesible, pero, considerando que los embarazos no deseados, particularmente en sectores marginales, son consecuencias del fracaso de las instituciones; debemos propiciar las condiciones para que el aborto también sea raro. Esta observación no es original, el lema del movimiento nacional por la legalización del aborto, es “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.” Nadie está proponiendo la legalización del aborto como única medida a tomar. La causa está comprendida en una campaña por el cumplimiento del derecho al acceso a recursos de planificación reproductiva.

Quienes proponen que se garantice el acceso a la educación sexual y a los anticonceptivos, en contraposición a la legalización del aborto, están incurriendo en una falacia, y representando erróneamente los objetivos del movimiento pro-elección.

Por otra parte, el sorpresivo entusiasmo conversador sobre el acceso a la educación sexual, me conmueve. Particularmente me conmueve la agilidad con la que académicos de la Universidad Católica Argentina danzan alrededor del hecho de que el encrustamiento de la Iglesia Católica en el Estado, ha sido uno de los factores que ha entorpecido el desarrollo de políticas estatales sobre educación sexual. Léase, por ejemplo, el Mensaje de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata sobre el “Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/SIDA”distribuido por los ministerios de Educación y de Salud de la Presidencia de la Nación, una gema de la paranoia retrógada escrita por un parásito estatal.

Obviamente, no todos los católicos, ni las instituciones vinculadas a la Iglesia Católica, tienen valores compatibles con los de Monseñor Aguer. Asistí a una escuela católica, donde recibí Educación Sexual, de parte de un hippie que nos enseñó que, además, de consumir LSD en grupo, alguien debía manternerse sobrio para cuidar al resto. Pero Monseñor Aguer no es una figura irrelevante dentro de su institución, es el arzobispo de La Plata.

Actualmente, en nuestro país, es legal abortar para quienes han sido violadas, y para aquellas cuyo embarazo pone su vida en riesgo. La mujer cuya vida corre riesgo tiene derecho a abortar, porque “no le queda otra”, se prioriza su vida sobre la del feto, sin hesitación. La vida de la mujer que tiene que abortar, merece ser priorizada sobre la vida del feto. El derecho a la autonomía corporal de la mujer que quiere abortar debe ser pisoteado.
He tenido conversaciones en las que se planteaba a los abortos de mujeres violadas como un mal necesario, porque la víctima de una violación  “no tiene la culpa” por el embarazo. Este es un juicio de valor tácito. Si no es tu culpa haber quedado embarazada, porque fuiste forzada a la relación sexual, deberías tener derecho a abortar. Si, parafraseando a uno de nuestros grandes bardos, te relajaste y gozaste, tenés que cargar con el niño. La maternidad es un castigo por haber sido irresponsable.
Este asunto está repleto de recovecos retóricos curiosos: Te castigo con la maternidad, por haber sido irresponsable. Sos irresponsable, y ahora deberás ser madre. ¿Es, alguien irresponsable, apto para cargar con el peso de ser el primer cuidador de otro ser humano?

Oh, bueno, pero el niño puede darse en adopción. Cargá con el embarazo, lidia con el estigma, da a luz, si no con dolor, con una cicatriz que tendrás de por vida, y luego entrega a la criatura al sistema de adopción abarrotado, en el que, si bien hay más potenciales adoptantes, que potenciales adoptados, el 90% de los potenciales adoptantes, desea recibir a un niño menor de un año, constituyendo, los menores de un año, el 1% de los niños en el sistema.

Un informe datante de 2015, confeccionado conjuntamente por UNICEF y la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia, y Familia, señala que, entre los niños puestos a cuidados del Estado, ese año, sólo un 8% de quienes egresaron de instituciones, lo hicieron tras haber sido adoptados. Mayor fue la cifra de niños que pudo revincularse con su familia de origen, y mayor, también, fue el número de niños que egresó tras alcanzar la mayoría de edad, sin haber tenido una familia, nunca.

La propuesta de “tener al niño para darlo en adopción” es típica de gente que vive en un planeta otro y no hizo su tarea. Felicitaciones por haber visto Juno.
El movimiento pro-vida es la colina sobre la que decide morir mucha gente que vive en el mejor de los mundos. Viviendo en el mejor de los mundos, y proponiendo soluciones para el mejor de los mundos, uno se vuelve cruel sin darse cuenta.

Supongamos que se lograse reducir el número de abortos punibles que se tienen aquí, de aproximadamente medio millón cada año, a cero, mediante medidas educativas y la puesta a disposión de aún más profilácticos, en hospitales y centros de salud públicos: Hacerlo tomaría años. Incluso si pudiese llegarse al bendito número, como toda política de Estado, tendría resultados a largo plazo. Es por la naturaleza de políticas de este estilo, que en este país hay pocas: Las políticas de Estado no generan un rédito electoral inmediato, porque son de efecto muy paulatino. ¿Qué haremos con quienes deban abortar mañana, o en una semana, o en un mes, o en un año?

Este asunto, para mí, es un asunto de empatía. No puedo estar tranquilo cuando pienso en una joven pobre que, porque no pudo, no supo, o no quizo, o porque aquel con quien estuvo no pudo, no supo, o no quizo, deberá gestar y dar a luz a una criatura cuya madre quizás no vaya a tener hogar, no tendrá trabajo, quizás vaya a tener que abandonar sus estudios, y casi ciertamente quedará cristalizada en la pobreza.

La sociedad argentina es tremendamente desigual, y la mayoría de los miembros de mis círculos sociales, que quieren tomar decisiones de salud por las mujeres pobres, tienen su cosmovisión comprendida en un radio de catorce cuadras, desde el chalet en el que los criaron como tontos. Conozco mujeres que, hace años, pagaron diez mil pesos por un aborto, en una clínica privada. Nadie sabría que lo hicieron, si no lo dijesen. Mujeres pobres arriban a guardias de hospitales públicos con infecciones que amenazan, si no sus vidas, su empleabilidad. Muchas de ellas ya tienen hijos, y saben que tener una boca más que alimentar los empujaría debajo de la línea de indigencia.

Por otra parte, me es gracioso ver a quienes están disgustados por tener que pagar, con sus impuestos, subsidios para que los hijos de los pobres puedan comer poco y mal, argumentar contra la legalización del aborto y lloriquear sobre la inmoralidad de “desechar una vida”. Quieren forzar a mujeres pobres  a tener hijos que saben que no podrán mantener, y, además, se negarán a ayudarlas, que se jodan por coger y ser pobres, la sexualidad debería ser un privilegio de clase. Sólo esperarán a que el niño crezca, y a eso de los dieciseis años intentarán ponerlo a hombrear bolsas por siete pesos la hora,  y continuarán quejándose cuando demande derechos laborales, o aguardarán a que irrumpa en su propiedad, para probar si pueden pegarle un tiro en la cabeza y salirse con la suya. El pobre es, o un esclavo, o un enemigo. Me alegra que este país casi no tenga ejército, sino todo esto sería aún más siniestro.

El asunto aquí es prevenir que las mujeres pobres mueran por hundirse agujas de coser en el canal vaginal. Bien lo dijo el Doctor René Favaloro, y sé que la siguiente cita es un cliché del discurso pro-elección local, pero poco me importa, nunca será reproducida lo suficiente:

“Los ricos defienden el aborto ilegal para mantenerlo en secreto y no pasar vergüenza. Estoy harto de que se nos mueran chicas pobres para que las ricas aborten en secreto. Se nos mueren nenas en las villas y en sanatorios hacen fortunas sacándoles la vergüenza del vientre a las ricas. Con el divorcio decían que era el fin de la familia., y sólo fue el fin de la vergüenza de los separados ilegales. Con el aborto legal no habrá más ni menos abortos, habrá menos madres muertas. El resto es educar, no legislar.”


Fotografía: Demostración de miembros de The Church of Euthanasia, (“Los fetos NO son gente/ni siquiera son POLLOS/¿A quién le importa?”)

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