Comenzaré disculpándome. Ayer llegó a mí un artículo publicado en la página web de La Izquierda Diario, en el que el periodista Milo Casadei arremete contra quienes mofan a minorías.

Casadei presenta tres ejemplos de humor discriminativo y excluyente, cierta broma publicada en la página de Facebook Gatos en el espaciola cabecera de EAMEO, una página de Facebook que publica manipulaciones digitales humorísticas; y un evento entristecedor, si no indignante:

“Hace pocos meses el programa de televisión Duro de Domar, conocido, entre otras cosas por su machismo y misoginia, pasó un video de un grupo de hombres que, cobardemente, desde un auto, rociaban con un matafuego a una chica trans en los bosques de Palermo. Desde el estudio del programa se escuchaban risas de fondo. Perfecto ejemplo de que las risas fugaces para algunos, son las violencias cotidianas y sistemáticas de otrxs.”

Cuando discutimos la intencionalidad de una broma, estamos discutiendo subjetividades, y cuando discutimos una broma, estamos discutiendo una desfiguración, una cosa engañosa. Estos asuntos merecen una interpretación matizada, y empática.

Todos, en algún momento, seremos víctimas de humoradas que nos negaremos a justificar. Estás ocasiones son inherentes a la experiencia humana. Uno no puede vivir una vida sin que el humor haya extendido sus largos y delgados tentáculos en nuestra dirección.

Pero, según Casadei,

“No es casual que el objeto de humor nunca es una persona blanca, flaca, heterosexual y cisgénero (no trans).”

Con respecto a este asunto, gustaría de recordar la ocasión en la que nos burlamos, colectivamente, de la diatriba impúdica que un indignado Jorge Rial nos proveyó cuando sus hijas sufrieron acoso callejero. Gustaría, también, de mencionar la ocasión en la que predamos a una bailarina televisiva, una vez fue descubierto que su hijo de escasa edad no era hijo de quien ella presentaba como su padre.

Los protagonistas de mis anteriores ejemplos son individuos que decidieron empujarse hacia una posición de vulnerabilidad — ambos son famosos, y ambos han alimentado su condición tanto com les ha sido posible. Podemos permitirnos deshumanizarlos, y mofarnos de sus dolencias y tragedias personales. Cariño, ¿A quién le importa? Pero no te metas con un transexual/homosexual/indigente hipotético, u con una mujer hipotética.

Gustaría de creer que por “persona blanca” el autor del artículo en cuestión no está proponiendo que la palabra “negro”, cuando es utilizada de manera despectiva en la Argentina contemporánea, es una expresión racista, y no una clasista (de ser un asunto inherentemente racial, nuestras clases medias no habrían autorado gemas conceptuales tales como “negro de alma”, “negro de mente”, o “negro de espíritu”).

Plantear a las clases privilegiadas como blancas, flacas, heterosexuales, y cisgénero no es sino la traducción de cierta formulación ridícula desenfundada por la izquierda anglosajona. Todos los miembros de las clases privilegiadas tienen una caracteristica común: Tienen suficiente dinero como para nunca tener que preocuparse al respecto. A fuerza de este pequeño detalle se vuelven irrelevantes sus hábitos de dormitorio, y características físicas. Los homosexuales obesos y ricos (Cariño, enciende un televisor) están exento de ciertas dificultades bajo cuyo peso sufre un heterosexual delgado y negro, aunque sólo espiritualmente.

Milo Casadei trata simultáneamente la bromilla boba compartida por Gatos en el Espacio, y un ataque sufrido por una prostituta trans*, que fue exhibido y celebrado por panelistas de Duro de Domar.

Hay una diferencia interesante entre el daño que puede hacérsele a las sensibilidades de una colectividad, y el daño físico que puede dispensársele a individuos. Una broma y un ataque no pueden ser sostenidos como pares.

Sus efectos son distintos. Confeccionar una broma ofensiva demanda cierta astucia, y un conocimiento aunque sea superficial, de las sensibidades de quienes a uno lo rodean. Atacar a una persona es un asunto mucho más complejo. Podría arguirse que bromas en las que se ridiculiza a un miembro de una minoría proveen la validación que necesitan quienes luego perpetuarán crímenes de odio. Esta validación podría bien haber sido provista por cualquier forma de entretenimiento, discurso político, u proclamación que aunque sea velada o sutilmente pudiese sugerir tal crimen aceptable. Quien mantiene un prejuicio u una noción apocalíptica encuentra evidencia a su favor disceminada toda sobre el mundo, y de cuando en cuando, en los más peculiares lugares.

Por otra parte, no comprendo cómo quienes consideran a Duro de Domar una fuente confiable de ejemplos de comportamiento humano normal, aún no se han unido en pos de, sólo por empatía, perpetrar un genocidio.

Concuerdo (mis experiencias me fuerzan a concordar) con la presentación de la comunidad transgénero como una desaventajada. Con estas desventajas deben lidiar, particular, si no exclusivamente, quienes no “pasan” (no aparentan el género con el que se identifican), y quienes pertenecen a los estratos económicos más bajos. Estas características tienden a presentarse juntas.

Siendo un varón trans, ostento un sentido del humor complicado. Gusto de bromear sobre mi sexo, mi sexualidad, la prostitución infantil, el feminismo interseccional, la izquierda “regresiva” (Oh, cómo adoro el término), el hecho de que solíamos ser una horda de putas rudas que arrojaban ladrillos a la policía, y ahora todo lo que hacemos es aparecer en publicidades de sopa y lloriquear. Incluso he bromeado sobre la longitud de nuestro acrónimo (no resumido, se extiende LGBTQQIP2SAA — Once letras y un número). Bien podría mi sentido del humor considerarse una expresión de transfobia/homofobia internalizada. Difiero.

Bromeando uno lidia consigo mismo, con sus compañeros seres humanos, y con las ocasiones que a uno lo avasallan. Cuando bromeamos al respecto, (robaré esta imagen a un reseñador de la revista TIME), la cabeza de Medusa se convierte en un manojo de serpentinas. Lamento la apelación a mitología rancia, sólo deseaba darme a entender. El humor es protectivo, eso quiero decir. Los horrores de la guerra son inmunes a nuestras bromas, pero uno debe levantarse en la mañana.

En la sección de comentarios bajo el artículo de Casadei, alguien escribió: “Todo bien, pero el humor debería usarse como una crítica social ante las normas establecidas.”

En numerosas ocasiones gentes pueden ser encontradas contando chistes con el mismo ánimo con el que los niños recitan malas palabras luego de ser reprimidos por hacerlo. Creo que la humorada de Gatos en el espacio sirve como un ejemplo de este tipo de humor, de este tipo de bromas.

Milo Casadei provee, en su artículo, una respuesta a una pregunta debida: ¿Son estas bromas perniciosas?

Oh, no sopesa en la cuestión, asume que la respuesta es afirmativa, y desde esa certeza en adelante, puede encontrárselo indignado. Entonces produce lo que en mi opinión es una pieza compacta, pequeña, e inefectiva.

No cuentes esos chistes, me ofenden. Y ofenderme es el primer eslabón en una cadena que concluye con mi violación y asesinato.

Esto no constituye más que un gimoteo disgustante para quien descree de nuestra primera suposición.

¿Puede una broma ser perniciosa? De serlo, ¿Deberíamos convocar a una asamblea de policías del lenguaje, e ir por nuestras cachiporras?

No debemos levantarnos indignados frente a bromas como la de Gatos en el Espacio, incluso cuando sospechamos, han nacido de un desprecio sincero hacia la minoría involucrada. Es inútil erradicar las bromas sobre transexuales si no hemos erradicado los prejuicios que las sustentan, y eso no lograremos lloriqueando en cada ocasión en la que algo ofensivo sea dicho.

No sé si esta pieza necesita otro cliché, pero, oh, bueno, mi mente ya se ha revelado como un artefacto vulgar: Uno no debe curar los síntomas, sino la enfermedad. Uno no debe ocultar los sintomas en lugar de curar la enfermedad. Quiero decir, uno no debe gritarle al enfermo en lugar de curarlo. Ay, es solamente una metáfora. La transfobia no es una enfermedad. Por favor, no digan que la transfobia es una enfermedad.

“Gatos en el espacio: el ‘humor’ como excusa para humillarnos”, por Milo Casadei

Originalmente publicado en Medium, el 4 de febrero de 2016.

 

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